El pasado día de la madre, decidí, como buen mexicano, pasar el día con la mía... y ella con la suya. Fue así como llegué a visitar a mi abuela.
Mi abuela es una venerable anciana, como casi todas las abuelas. También, como casi todas las abuelas, la mía tiene la cabeza blanca y una colección de arrugas tal, que parece anuncio andante de persianas romanas. Y, como casi todas las abuelas, tiene vicios maravillosos, de esos que a los niños les dan risa y a los adultos les dan pena. Sin embargo, hay algo que mi abuela tiene y es distinto a muchas otras: un superpoder. No, no es que tenga visión de rayos x, pese a tanta cirugía acumulada; tampoco es que tenga facultades hipnóticas, más allá de quedarse jetona en plena reunión familiar... no. Mi abuela tiene el superpoder de supervalerle madres decir cuanta superpinche grosería le venga en gana.
Mientras Clark Kent se quita los anteojos y se calza unas mallas, basta un trago de cerveza, que para la abuela es como el elixir de la juventud, para que comience a transformarse en Juan bautista y renombre a todos como "ssssonpendejosss" y "josdelachingada". Ya se lo habían advertido a Peter Parker: con un gran poder viene una gran responsabilidad.
Obviamente, a la abuela no se le permite manejar. Ignoro si es por la edad o por el miedo a toparse con el alcoholímetro. Ya imagino al oficial preguntándole "¿cuántas se tomó, abuela?" y, mientras tanto, ella soplándole al tubito a la vez que responde "sstependejo... ¡qué bien chingas!". Porque, claro está, para la cerveza mi abuela es democrática: no le importa si es indio, bohemia, usa corona, lleva dos equis o se toma en nochebuena... todas están invitadas a la misma mesa.
La maravilla de la abuela es cuando sonríe después de decir una grosería. ¡Ah, cómo lo disfruta! Ahí se le pone, entre las arrugas, una sonrisa bien plantada, como de niña chiquita cuando ha hecho una travesura. En ese momento, tras la altisonante palabra, parece que su mundo es un lugar feliz.
Claro está, que como todo atributo sobrehumano, la abuela también tiene su kriptonita. Cuando hay reuniones familiares mi abuela calla. Calla y bebe... pero no maldice. En esos momentos la vida se le pone seria. Los problemas cotidianos le aquejan la plática y la sonrisa pícara se le queda guardadita. "Una señora se ve muy mal si no hace lo que se le dice", repite cada que puede.
Quién sabe qué silencios pensará. Sólo se que la mirada se le hace taciturna, cabizbaja. Entonces, me acerco, cauto entre la muchedumbre familiar y le digo al oído, "oye, vamos a hablar de pendejadas".