lunes, 25 de abril de 2011

¿Por dónde empiezo?

Recuerdo aquella época en la que la mesa del desayunador y yo teníamos la misma estatura. Como todo buen escuincle, lo que todo el tiempo quería hacer era jugar y mandar las tareas escolares derechito a la chingada... claro está que dicha palabra no existía en mi repertorio infantil. Y también, como todo buen niño, respondía a la clásica pregunta que hacen los que tienen la cabeza más lejana del piso (o sea, los adultos) "¿y, qué vas a ser (a hacer - nunca supe cuál era la que me preguntaban) de grande?" Yo les respondía lo que a los adultos les gusta que les respondan, "Voy a ser bombero, policía, astronauta, médico...". Eso sí, mentiroso desde chiquito.

La verdad, lo que yo quería, era ser vagabundo.

Yo pensaba que un vagabundo era un tipo que se la vivía de viaje alrededor del mundo. La idea de agarrar una mochila con tres chocorroles, un frutsi, un boleto del metro y recorrer el planeta me parecía lo mejor que le podía pasar a cualquiera en la vida. Imaginaba que uno llegaba por azares del destino a cualquier lado, ya sea por barco, camioneta destartalada, trailer, caballo o lo que fuere... y que viajar siempre salía gratis. Sólo había que pedir aventón y así uno podía conocer nuevos y viejos continentes. La clave de todo, según mi corta edad, era hacerse amigo de todo mundo. Y es ahí donde, lo confieso, que mi verdadero interés tomaba forma. Lo que más me interesaba del viaje eran las historias de las personas que iría conociendo alrededor del mundo.

Historias y más historias. Conocer a fondo la vida de miles de desconocidos. Compartir las historias, nuestras vidas, pedazos de mundo que se transportaban con palabras, en cualquier idioma: eso era lo que más quería.

Si mi santa madre se hubiera enterado de mi plan de vida, seguro que me lanzaba una mirada inquisitorial de esas que hacen lo que la jeta de Elba Esther Gordillo a la lujuria: quitar las ganas. Naturalmente, la mirada hubiera venido acompañada de slogans maternales: "Ay, mijito; hacemos el esfuerzo de educarte para que nos salgas con eso". "Tú y tus ideas; primero acaba la escuela y luego hablamos". "Me vas a sacar canas verdes". "Mientras vivas en esta casa, obedecerás mis reglas". "Te vas a morir de hambre". "¿Quién te va a pagar nomás porque te platiquen algo?"

No hay infancia que soporte tanta publicidad.

Mi carrera de vagabundo no se ha consumado. Por lo menos, no como lo soñaba antes de mi primer década de vida. En cambio, historias de otros, de esas, como dijera la nana Goya, "esa, es otra historia". Ciertos días de la semana me pasa siempre lo mismo. Me siento en un cómodo sillón, subo los pies al pequeño baúl que tengo frente a mí, que hace las veces de mesa, y cada hora entra una persona desconocida a contarme su vida. Soy psicólogo.

Obviamente no contaré las historias de aquellos que vienen a entender las propias, y acaso a componerlas. Algo curioso entre nosotros, los clínicos, los que atendemos a las historias ajenas, es que siempre pasa lo mismo. Llegas al consultorio, te sientas, desapareces y le dedicas el tiempo, la atención y la energía a la vida de otra persona. Al final del día reapareces en escena y no tienes ni una anécdota propia de ese día. Todas son ajenas.

Nunca en mi vida llevé un diario, o una bitácora. Esto que escribo es para narrar algunas de las cosas que pasan cuando uno está presente, cuando uno es dueño de sus propias historias.

J.